Padres, profetas en su propia tierra

«Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él», reza un proverbio bíblico que evidencia que desde siempre los más chicos necesitan ser guiados y tener referentes. A la luz de los nuevos tiempos, una idea suena con mucha pertinacia entre los padres: hay que poner límites a los hijos sin crear frustraciones. Miguel Espeche, psicólogo y psicoterapeuta, coordinador general del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano, ha escrito Criar sin miedo, libro orientado a la reflexión de padres atravesados por modelos culturales y parentales que conspiran contra la sana autoridad, una colaboradora muy útil para el equilibrio familiar. A continuación, sus comentarios, sin desperdicio.

Generalmente se habla de límites para hacer referencia a la necesidad de frenar un impulso. Pero poner límites a los hijos es marcar territorios, señalar referencias que ayuden a ordenar su universo; solo así se sienten acompañados en el camino del crecimiento. Marcar límites es algo constitutivo de la educación, se imparte y va organizando el psiquismo del chico. Es un elemento de organización profunda, necesario para que el niño prospere y no enloquezca, literalmente. No debe banalizarse la cuestión, señalando o enfocando solo en el trabajo de «pararles el carro» a los chicos, lo cual agobia.

Con frecuencia alivia a los padres saber que deben organizar el mundo de sus hijos y no solo frenar sus impulsos; se trata de ordenar las cosas y sostener ese orden. Así, logran confianza para ejercer su autoridad como conductores.

La palabra «represión» tiene mala prensa en el país, producto de nuestra historia social y política, pero en psicología sabemos que reprimir habilita el crecimiento. Se considera una herramienta más para educar a un chico (aunque si se transformara en la única opción daría lugar a la supresión del entusiasmo del niño por la vida). Reprimir es decir no a algo, para que pueda darse un sí en otra dirección. «No toques el enchufe, para sí mantenerte saludable».

Es bueno convencerse de que con los hijos no todo se puede arreglar hablando o explicando, ya que así se distorsiona el sistema de autoridad de la familia y los chicos pasan a ser los autoritarios, porque si no les gusta la explicación, que nunca satisface, entonces no obedecen. En estos casos, la autoridad la tiene la explicación, y los padres pasan a ser explicadores y no conductores. Para marcar esos caminos se impone primero crear una relación de confianza y respeto, por la que el chico acepte las recomendaciones del padre; aun cuando no las comprenda en el presente, luego se le presentarán más claros los objetivos perseguidos por sus mayores en esta etapa de su vida.

En una familia los más importantes son los padres, no los hijos. Si los padres están bien, los hijos también lo estarán. Si los padres no guardan su lugar, si claudican en su función, difícilmente los hijos puedan estar bien y crecer de buena manera. Los adultos que consiguen una buena calidad de vida cuentan con el aplomo necesario para la tarea paterna. Hay que fortalecer su bienestar, consigo mismos, con sus emociones, con la pareja; deben estar más tranquilos, lo más íntegros posible en caso de dificultades, ya que así se genera mayor confianza para impartir una educación con delimitaciones y coherencia. No creo en la eficacia del modelo sacrificial de paternidad. Esfuerzo sí, sacrificio no, salvo en situaciones límites, en las que se daría la vida por los hijos, pero esto se presenta en contadas ocasiones.

Si cada uno ocupa su lugar, la frontera se da por añadidura. No es una línea de acción, es un lugar que cada uno ocupa en la dinámica familiar. Los espacios que no ocupan los padres más temprano que tarde terminan ocupándolos los hijos.

También algunos padres se resisten a crecer, tienen mucho miedo a tomar decisiones, a equivocarse, a ejercer mal su rol. Estas conductas suelen afectar negativamente a los hijos. Encubrir el paso de los años, competir con los hijos son todas manifestaciones de fragilidad que impactan finalmente en la conducta y el desarrollo de los chicos. Una problemática que se repite en distintas etapas de la vida de los niños. En general, cuando en un restaurante se ve a un chico corriendo y gritando, aturdiendo a todos, se nota que quien tiene el poder es el hijo. Algo que de igual modo se manifiesta en adolescentes que no aceptan de manera permanente pautas de comportamiento propuestas desde la familia.

Los padres suelen saber qué hay que hacer, pero no encuentran la solvencia, la fuerza interior, la convicción o la energía para hacerlo efectivo. Finalmente, se llega a una situación de desmanejo, debido al miedo al autoritarismo, por no renunciar a la adolescencia propia, por no tomar las decisiones necesarias. Muchos de ellos rompieron ciertos íconos de autoridad cuando eran pequeños y ahora deben recuperarlos para criar a sus hijos.

Estas situaciones con los chicos generan mucho estrés en las familias. Se desperdicia mucha energía porque hay que poner las reglas cada día. En estos casos de búsqueda de parámetros, los chicos elevan la apuesta desplegando toda su energía, manifestando en todos los ámbitos problemas de conducta. Lo ideal sería delegar en un sistema familiar organizado todo lo que ocurre cotidianamente y no tener que poner el cuerpo todo el tiempo, lo que es agotador.

En los talleres para padres que se realizan en el Hospital Pirovano a menudo se ven padres buscando elementos genuinos para colaborar en el desarrollo de sus hijos. Si hay algo que no cambió, es el enorme amor que la gran mayoría de los padres siente por sus hijos.

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